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 Asunto: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 15 Feb 2018 06:11 
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Ubicación: neza de mis amores
la nueva corregida por, si por Panchito

SEÑORA AMPARO

Las calles se cruzan como los caminos de las personas. A veces, solo nos llevan a lugares fijos: son así pasos de paso. Los deseos carnales se aprovechan así de estos entronques. Así de bonita es la vida.

Tendría entre 40 y 45, cabello crespo con algunos mechones blancos, piel morena, sonrisa franca en boquita chica, nariz un poco chata. Ojos atardecer en domingo. Delgada sí, alta sí; con una pequeña pancita, evidencia de tres o cuatro embarazos, ya de muchos años; lejos de darle mala apariencia, realzaba aún más la grotesca belleza de la señora Amparo. Siempre vistiendo de lino y algodón, de esos vestidos que se cuelgan de la cintura, con un vértice a la altura de las caderas. Vaporosos, que con la más leve brisa se pegan a los muslos, a las piernas; siguen el sinuoso recorrido a un monte abultado, rodeado de un valle poblado con muchas flores de nomeolvides. Seguro que bella no es, pero sí tremendamente sensual; de una sensualidad que nunca se había visto por toda la colonia Maravillas.
La señora Amparo tiene una tiendita de chucherías, de las pocas misceláneas que aún subsisten, pues como a diez metros existe un mercado y mas allá, una antigua CONASUPO (pese a los muchos años de la desaparición de la paraestatal) sigue ofreciendo varios abarrotes y otras cosas.
Nadie sabe si es viuda o dejada; el chiste es que vive en otra parte de la ciudad. Que muy temprano llega a abrir su changarrito y barre la banqueta con mucho esmero.

Con esmero se columpian esas carnes translucidas al ritmo de su canturreo viejo; sus pechos aferrados al minúsculo jirón de tela se obsequian al observador, al mirón anónimo o vecino. No hay impudicia ni malicia por parte suya. Sin embargo, un embrujo morboso obliga a la vista a seguir la exploración completa de esos hemisferios casi perfectos. Gustaba de unas zapatillas negras, de tacones tan grandes como la gastada peineta con la que sujeta el mar de su cabellera negra.

Otras veces, encaramada a una escalerilla acomoda una fila de curiosos estuches multicolores; sin pudor, sin vergüenza, muestra a los ojos el blanco-azul de sus calzones. O eso imaginaban ver, pues con los faldones hasta los tobillos, lo único que se veía, alzarse, eran un par de chamorros prietos y correosos. A pesar de su flacura, se delineaban unas nalgas redondas, anchas, repujadas, que adquieren más voluptuosidad cada vez que se inclina a los rincones de sus quehaceres.

De ser cierto eso de que solo los borrachines, esos infelices que pasan media vida ahogados en el alcohol, y nosotros los niños decimos la verdad, entonces no cabría duda:
—La señora Amparo es una real hembra.

Ellos, los borrachos, señalaban, abriendo ambas manos:
—¡Pero qué buena esta la vieja!
—¡Pinche culote que se carga la condenada!

Saboreaban con expresivos mohines la suculenta papaya que escurría dulce, a decir de ellos. Yo mismo comprobaba sus palabras, cuando por cualquier pretexto venía a admirar, disimulando, la lujuria transparentada de sus hendiduras de mujer. Embelesado seguía cada movimiento suyo; su voz, con acento de las montañas, timbraba mis pensamientos, ensoñaba mis ideas.

—¿Qué te doy, Ramoncito?

—...Eso que tiene entre las piernas —Le confesaba en los pensamientos.

No es que estuviera enamorado, a mis trece años desconocía lo que la gente llama amor.
Además, amar a una persona mucho mayor, simplemente no es lógico. No; lo que yo ansiaba era aspirar, tocar, lamer; llenarme hasta el mismísimo hastío de su canchondería, de su perfume de mujer.

Fueron muchas veces que detrás de las puertas atisbe la desnudez progenitora, y cuando se descuidaban mis hermanas, les robaba sus delicadas prendas intimas. Para evocar despierto carne de mujer. Pero ni así conseguía mi mayor anhelo. El placer casero no es suficiente, ni tampoco cuando misteriosamente aparecen laminillas impresas de blanco y negro: Modelos estilizadas en poses circenses. O en aquellas veces que hemos ido al centro, saliendo por la estación de metro Pino Suárez, enfilando hacia la calle de San Pablo, mirando de reojo a las putitas, pobres mujeres marchitas que detrás del maquillaje y lentejuela tejen una triste historia. Ellas sí que son muñequitas sin articulaciones, poses artificiales. De lejos se ven bien, de cerca su miseria es dolorosa. No tuve el valor de verlas de frente.

En cambio, con la señora Amparo es diferente, ella me recordaba a famosas cortesanas de la historia; amantes excelentísimas que hacían de su labor un arte. ”Verdaderas putas”, como alcancé a escuchar al maestro de historia, cuando toco el tema de la Francia de los Luises y las Antonietas.

De noche cubierto por la cobija de la complicidad, imagino que los olores corporales, desprendidos de esas delicadas piezas sustraídas, son en realidad los sabores de la entrepierna de la señora Amparo. Cierro los ojos, me acomodo en mi afiebrada obsesión, de pronto veo la cortina metálica abierta, entro sigiloso. La señora sigue poniendo con demasiada lentitud objetos de muchos colores. Observo a mis anchas las anchas protuberancias traseras. Me coloco justo debajo de su persona; levanto la mano izquierda, palpo con exquisita paciencia la seda redonda de su bulto brujo, es tibiecita, suave.

Miro al interior del vestido; descubro para mi sorpresa que esa tersa sensación es así porque el calzón blanco-azul descansa al lado de la caja registradora. La rica pincelada que mis dedos experimentan en un principio es ahora de completa dicha. Su gruta caliente, los labios vaginales son una piel con vida propia; se estremecen al grosero toqueteo de mis impulsos adolescentes.

En otro sueño, observo maravillado el vestido de algodón pendiendo de los hombros, después resbala despacito hasta el suelo. Nada cubre el cuerpo terroso, nada impide disfrutar la impetuosidad de unos senos gordos, manchados por lunares. Más oscuras las areolas, emergen retadoras a la vista curiosa. Un triangulo peludo oculta la abertura, o tal vez la entrada a un espacio de pasiones lúdicas. Signos de temperatura escurren por esa apertura abierta que es su sexo caliente.

En la mañana, ojeroso, cansado, con las sábanas almidonadas, comenzaba un nuevo día malo.
Era ya costumbre precipitarme a la calle para encontrar a la mujer de mis turbios deseos, esos húmedos que son tu secreto y tu vida.

—¡Buenos días, señora Amparo!

—¡Buenos días, Ramoncito!

Con el reojo despierto, recorría las líneas dibujadas en su habitual vestido de algodón

—¿Qué vas a llevar, Ramoncito?

Entre mudas palabras:

—Su rica papaya, sus sabrosos melones, el semi-planisferio perfecto de su portentoso culo. Solo eso, señora Amparo…

Bajo cualquier pretexto, iba a la tiendita, con la pura intención de contemplar por encimita de la ropa a la buena señora Amparo; de la buena señora... Compraba igual chucherías, estampitas coleccionables y otras cosas sin importancia, tantas tenía que ya ni me molestaba en abrirlas. Se iban acumulando debajo de mi colchón viejo.

Hoy desperté con la determinación bien metida en la cabeza. Ya no podía seguir así, deseando sin conseguir lo imposible. No había sosiego, la tranquilidad por dentro se esfumaba con mayor velocidad. Era un enorme globo a punto de reventar. Me levanté de una vez por todas, con el ánimo de traspasar esa frontera de la realidad y la fantasía engañosa. Convencido estaba de querer experimentar de una vez por todas esas posibilidades que solo se agolpaban en mi calentura nocturna. Debía, tenía que descorrer el velo y sentir el calor del paraíso o la frialdad del infierno al aproximarme a ese cuerpo tan locamente deseado. No tendría vuelta de hoja. Arriesgarme en la convicción de comprobar la suavidad o resequedad de unos labios fijos en mi mente, que habitaban, que eran desde hacía mucho tiempo mi todo.

Una sensación difícil de explicar oleaba por mis manos; roja determinación de la acción mas allá del simple observador. Me disponía a asaltar la ligera trinchera del francotirador silencioso, anónimo perdido entre mil...

¡Ya no, ya nunca más! Me iba a atrever a olvidarme de los consejos interiores, que solo me habían hecho un muchacho introvertido y taciturno. Apocado, burda imagen de niño que crece a nombre.

La ambivalencia de ardores gratos que se sucedían unos a otros conforme se acercaba la hora señalada. El corazón golpeaba con fuerza mi pecho, era algo supremo, tocaba cada fibra, cada célula de mi gelatinosa alma. Tenía que aprovechar esta vehemencia demente, cuando faltaba poco para las nueve fingí irme a dormir. De puntitas a la calle, crucé la esquina; respiré hondo, la tensión de ser descubierto terminó, no importaba si descubrían mi simulación. Estaba tan convencido de mis propósitos que bien valían la pena una reprimenda, el castigo o la misma burla; total, si iba a soportar el escarnio, este venía en prenda de los excesos de la carne. El júbilo de quien alcanzo la meta del clímax sería bien ganado aun a pesar de las horas indecisas.

Entré en el momento en que jalaba la persiana metálica, su sorpresa fue mayúscula. Iniciamos el dialogo que supuse, todo lo tenía planeado.

—Ramoncito, ¿qué haces?
—¡Buenas noches, señora Amparo!
—Pero si ya cerré, muchacho. ¿Qué quieres?
—A usted...
—¿Cómo dices? —Achicó los ojos, tal vez esperaba esa respuesta.
—Señora Amparo, desde hace mucho tiempo cada vez que la veo siento algo dentro de mí...
—¿Estás loco? ¿O qué te pasa? ¿De qué hablas?
—No, nada de eso. Quiero pedirle que me deje tocarla un poquito, nada más un poquito...
—¿Un poquito? ¿Un poquito qué? ¿Qué tienes, Ramoncito, te sientes bien?
—Mire, señora Amparo, traigo cincuenta pesos que he juntado con mucho trabajo. Se los doy, si me permite acariciarle un poco su cuerpo, sobre el vestido, nada más por encimita.

Se me quedo viendo fijamente, no sé si pensando en lanzarme, con toda clase de improperios… A lo mejor no eran mis palabras tan indiferentes, surtiendo un efecto diametralmente opuesto. Tal vez se percató de mis continuas idas y venidas a su local. Abrió sus labios para decirme enseguida:

—¿Qué has estado haciendo últimamente, Ramoncito, que estás tan excitado? Tus padres ¿qué dicen?
—No lo saben, será un secreto de los dos.
—¡Ay, muchacho! De seguro miras esas revistas de viejas encueradas, por eso te calentaste tanto.
—No es eso, se lo juro. —El puente que era el mostrador ya no se interponía. Sentía un sutil cosquilleo en el nacimiento del sexo, como una corriente imantada, algo invisible me empujaba a tocarla, pero en la conciencia de no arruinar mi única oportunidad deseaba estar bien seguro.

—SE LO RUEGO, SOLO TOCAR…”

—¡Ramoncito, niño! —Retrocedió un paso. Movía la cabeza en una actitud de sorpresa y tierna compresión.
Me dio vergüenza, pues debido a mi pérfida obsesión nunca repare en los sentimientos de la mujer. Agache la cabeza apesadumbrado, afrentado. La levante cuando volvió a repetir mi nombre en diminutivo, como era su costumbre:

—Ramoncito, Ramoncito...

—Allí estaba la señora Amparo, en cueros; el vestido yacía a sus pies. En ese momento sentí exactamente lo que sienten aquellos a quienes se les aparecen los santos.

—Ya es tarde —dijo—. Solo toca y vete, antes de que me arrepienta.

Fueron simples minutos, en los cuales me eleve al mismísimo cielo. Al contacto de esa piel finita, blandita. La multitud de emociones ondulantes chocó contra la enredadera de un pelambre oloroso, a fragancia bonita. Mis dedos temblaban trémulos en cada caricia. Cuando las manos se apoderaron de esos pechos colgantes, no pude evitar un estremecimiento, como si el alma se fragmentara en tantos pedazos que ya nunca más pudiera reunirlos, ni pegarlos. Sus ojos ”atardecer en domingo” se clavaron en los míos, al mismo tiempo que abría los labios:

—Mi niño, mi niño —musitó, y me dio un beso en los labios.
Con su cuerpo moreno, enlazo al muchachito que no dejaba de temblar. Mis manos volaban a su mata de pelos, mis uñas se enredaban en ellos. Fue cuando oí un quejido apagado, su ser se desfallecía ante la torpe experiencia de mis movimientos casi infantiles.

—¡Ya...! Ya, Ramoncito, ya... Es tarde, anda, vete a tu casa —En la semi-luz, todavía pude apreciar con más fruición a esa mujer. Se grabó en mi mente cada pliegue, cada línea, la sinuosidad de ese cuerpo ya maduro.

De eso ya han pasado muchas semanas, no entiendo por qué no me he atrevido a volver a su tienda. ¿Será por no profanar el recuerdo de esa, mi primera vez? ¿O será esto el amor, que nos hace irreverentes, caprichosos, rebeldes y apagados? Que nos chupa el seso hasta dejarnos secos; ya sin entendimiento, ni razonamientos. ¿Cómo saberlo, si a nadie puedo contárselo sin delatarme y caer en la infamia?

Cuando hiervo en la urgencia de volver a verla, saco los cincuenta pesos que le prometí, y es como si volviera a vivir en la memoria nunca borrada la intensidad de la pasión y el deseo satisfecho.

LA SEÑORA AMPARO
Las calles se cruzan como los caminos de las personas. A veces solo nos llevan a lugares fijos: son así pasos de paso.
Los deseos carnales se aprovechan así de estos entronques. Así de bonita es la vida.

Tendría entre 40 o 45, cabello crespo, con algunos mechones blancos, piel morena, sonrisa franca en boquita chica, nariz un poco chata. Ojos atardecer en domingo. Delgada si, alta si; con una pequeña pancita, evidencia de tres o cuatro embarazos ya de muchos años; lejos de darle mal apariencia, realzaba aun mas la grotesca belleza de la Señora Amparo.
Siempre vistiendo vestidos de lino y algodón, de esos que se cuelgan de la cintura, con una vértice a la altura de las caderas. Vaporosas, que con la mas leve brisa se pegan a los muslos, a las piernas; siguen el sinuoso recorrido a un monte abultado, rodeado de un valle poblado con muchas flores “De No Me Olvides”.

Lo mas seguro es saber que bella, no es, pero sí tremendamente sensual; de una sensualidad de la cual nunca había visto por toda la colonia Maravillas. La señora Amparo tiene una tiendita de chucherias; de las pocas misceláneas que aun subsisten, pues como a 10 metros existe un mercado, mas allá una antigua CONASUPO, (pese a muchos años de desaparecer la paraestatal), sigue ofreciendo varios abarrotes y otras cosas más.
Nadie sabe si es viuda o “dejada; el chiste es que vive en otra parte de la ciudad. Que muy temprano llega abrir su changarrito, barre la banqueta con mucho esmero.

Con esmero se columpian esas carnes translucidas al ritmo de su canturreo viejo; sus pechos aferrados al minúsculo tirón de tela se obsequian al observador, al mirón anónimo y vecino. No hay impudicia, ni malicia por parte suya. Sin embargo un embrujo morboso obliga a la vista a seguir la exploración completa de esos hemisferios, casi perfectos.
Gustaba de unas zapatillas negras, de tacones tan grandes como, gastada la peineta con la que sujeta el mar de su cabellera negra.

Otras veces encaramada a una escalerilla acomoda una fila de curiosos estuches multicolores; sin pudor, sin vergüenza muestra a los ojos el blanco-azul de sus calzones, o al menos eso esperaba ver, (pues con los faldones hasta los tobillos, lo único que se veía, alzarse, eran un par de chamorros prietos, correosos.
A pesar de su flacura, se delineaban unas nalgas redondas, anchas, repujadas; que adquieren más voluptuosidad, cada vez que se inclina a los rincones de sus quehaceres.

Los borrachines, esas vidas infelices que pasan media vida ahogados en el alcohol; de ser cierto, eso de que solo ellos y nosotros, (los niños) dicen la verdad; no cabía entonces duda. La señora Amparo —La señora Amparo es una real hembra.
Ellos señalaban, abriendo ambas manos, (los borrachos), “—Pero que buena esta la vieja.
—Pinche culote que se carga la condenada.

Saboreaban con expresivos mohines, la suculenta papaya que escurría dulce; a decir de ellos. Yo mismo comprobaba sus palabras, cuando por cualquier pretexto venia admirar. Disimulando la lujuria transparentada por sus hendiduras de mujer.
Embelesado seguía cada movimiento suyo, su voz con acento de las montañas, timbraba mis pensamientos ensoñaba mis ideas.

— ¿Qué te doy Ramoncito?

—….Eso que tiene entre las piernas— Le confesaba en los pensamientos.

No es que estuviera enamorado, a mis 13 años desconocía lo que la gente llama amor.
Además amar a una persona mucho mayor, simplemente no es lógico. No, lo que yo ansiaba era aspirar, tocar, lamer; llenarme hasta el mismísimo hastió de su canchonderia, su perfume de mujer.
Fueron muchas veces que detrás de las puertas atisbe la desnudes progenitora, y cuando se descuidaban de mis hermanas les robaba sus delicadas prendas intimas. Para evocar despierto carne de mujer.
Pero ni así conseguía mi mayor anhelo. El placer casero no es suficiente, ni tampoco cuando misteriosamente aparecen laminillas impresas de blanco y negro: Modelos estilizadas en poses circenses.

O de aquellas veces que hemos ido al centro, saliendo por la estación el metro Pino Suárez, enfilando hacia la calle de San Pablo, mirando de reojo a las putitas, pobres mujeres marchitas que detrás del maquillaje, y lentejuela se teje una triste historia. Ellas si que son muñequitas sin articulaciones, poses artificiales. Lejos se ven bien, cerca su miseria es dolorosa. No tuve el valor de verlas de frente.

En cambio, con la señora Amparo es diferente, ella me recordaba a famosas cortesanas de la historia; amantes excelentísimas, que hacían de su labor un arte. ”Verdaderas putas”. Como alcancé a es cuchar al maestro de historia, cuando toco el tema de la Francia de los Luises y las Antonietas.

De noche cubierto por la cobija de la complicidad, imagino que los olores corporales, desprendidos de esas delicadas piezas sustraídas, son en realidad, los sabores de la entrepierna de la señora Amparo.
Cierro los ojos, me acomodo en mi afiebrada obsesión, de pronto veo la cortina metálica abierta, entro sigiloso. La Señora sigue poniendo con demasiada lentitud objetos de muchos colores. Observo a mis anchas las anchas protuberancias traseras. Me coloco justo debajo de su persona; levanto la mano izquierda, palpo con exquisita paciencia la seda redonda de su bulto brujo, es tibiecita, suave.

Miro al interior del vestido; descubro para mi sorpresa que esa tersa sensación, es por que el calzón blanco-azul descansa a lado de la caja registradora. La rica pincelada que mis dedos experimentan, en un principio es ahora de completa dicha. Su gruta caliente, los labios vaginales son una piel con vida propia; se estremecen al grosero toqueteo de mis impulsos adolescentes.

En otro sueño observo maravillado, al vestido de algodón pendiendo de los hombros, después resbala despacito hasta el suelo. Nada cubre el cuerpo terroso, nada impide disfrutar la impetuosidad de unos senos gordos; manchados por lunares. Más oscuras las areolas, emergen retadores ala vista curiosa. Un triangulo peludo oculta la abertura, o tal vez la entrada a un espacio de pasiones lúdicas. Signos de temperatura escurren por esa apertura, abierta que es su sexo caliente.



En la mañana, ojeroso, cansado, con las sabanas almidonadas; comenzaba un nuevo día malo.
Era ya costumbre precipitarme a la calle, para encontrarme a la mujer de mis turbios deseos, esos húmedos que son tu secreto y vida.

— ¡Buenos días señora Amparo!

— ¡Buenos días Ramoncito!

Con el reojo despierto recorría las líneas dibujadas en su habitual vestido de algodón

— ¿Qué vas a llevar Ramoncito?

Entre mudas palabras. “—Su rica papaya, sus sabrosos melones, el semi-planisferio perfecto de su portento culo— Solo eso señora Amparo….”

Compraba igual chucherías, estampitas coleccionables y otras cosas sin importancia, tantas tenía que ya ni me molestaba en abrirlas. Se iban acumulando debajo de mi colchón viejo.
Hoy desperté con la determinación bien metida en la cabeza. Ya no podía seguir así; deseando sin conseguir lo imposible. No había sosiego, la tranquilidad por dentro se esfumaba con mayor velocidad. Era un enorme globo a punto de reventar.

Bajo cualquier pretexto iba a la tiendita, con la pura intención de contemplar por encimita de la ropa a la buena señora Amparo; de la buena señora...

Me levante de una vez por todas, me levante con el ánimo de traspasar esa frontera de la realidad y la fantasía engañosa. Convencido estaba de querer experimentar de una vez por todas, esas posibilidades que solo se agolpan en mi calentura nocturna.
Debía, tenia que descorrer el velo y sentir el calor del paraíso o la frialdad del infierno; al aproximarme a ese cuerpo tan locamente deseado. No tendría vuelta e hoja.
Arriesgarme en la convicción de comprobar la suavidad o resequedad de unos labios fijos en mi mente, que habitan, que son desde hace mucho tiempo mi todo.

Una sensación difícil de explicar, oleaban por mis manos; roja determinación de la acción mas allá del simple observador. Me disponía saltar la ligera trinchera del francotirador silencioso, anónimo perdido entre mil...
¡Ya no, ya nunca mas! Me iba atrever a olvidarme de los consejos interiores, que solo me habían hecho un muchacho introvertido y taciturno. Apocado, burda imagen de niño que crece a nombre.
La ambivalencia de ardores gratos se sucedía uno a otro conforme se acercaba la hora señalada. El corazón golpeaba con fuerza mi pecho, era algo supremo, tocaba cada fibra, cada célula de mi gelatinosa alma. Tenia que aprovechar esta vehemencia demente, cuando faltaba poco para las 9 fingí irme a dormir. De puntitas a la calle, cruce la esquina; respire hondo, la tensión de ser descubierto termino, ahora no importaba si descubrían mi simulación.

Estaba tan convencido de mis propósitos que bien valían la pena una reprimenda, el castigo o la misma burla; total si iba a soportar el escarnio, esta venia en prenda de los excesos de la carne. El júbilo de quien alcanzo la meta del clímax, seria bien ganado aun a pesar de las horas indecisas.
Entre en el momento que jalaba la persiana metálica, su sorpresa fue mayúscula. Iniciamos el dialogo, que supuse tendríamos, todo lo tenia planeado.

—¿Ramoncito, que haces?
—¡Buenas noches Señora Amparo!
—Pero si ya cerré muchacho ¿Qué quieres?

—A usted...

— ¿Cómo dices?— Achico los ojos, tal vez esperaba esa respuesta.

—Señora Amparo; desde hace mucho tiempo cada que la veo, siento algo dentro de mi...

— ¿Estas loco? ¿O que té pasa? De que hablas.

—No, nada de eso. Quiero pedirle que me deje tocarla un poquito, nada más un poquito...

—Un poquito” ¿Un poquito que? ¿Qué tienes Ramoncito, te sientes bien?

—Mire, señora Amparo traigo 50 pesos que he juntado con mucho trabajo. Se los doy si me permite acariciarle un poco su cuerpo, sobre el vestido, nada mas por encimita.

Se me quedo viendo fijamente, no se si pensando en lanzarme, con toda clase de improperios… A lo mejor no eran mis palabras tan indiferentes, surtiendo un efecto diametralmente opuesto. Tal vez se percato de mis continuas idas y venidas a su local. Abrió sus labios para decirme enseguida:

— ¿Qué has estado haciendo últimamente Ramoncito, que estas tan excitado? Tus padres ¿Qué dicen?

—No lo saben, será un secreto de los dos.

— ¡Ay muchacho! De seguro miras esas revistas de viejas encueradas, por eso te calentaste tanto.

—No es eso, se lo juro— El puente que era el mostrador, ahora no se interponía. Sentía un sutil cosquilleo en el nacimiento del sexo, como una corriente imantada, algo invisible me empujaba a tocarla; pero en la conciencia de no arruinar mi única oportunidad. Deseaba estar bien seguro.

—“SE LO RUEGO, SOLO TOCAR…”

—Ramoncito, ¿Niño?—Retrocedió un paso, movía la cabeza en una actitud de sorpresa y tierna compresión. Me dio vergüenza, pues debido a mi pérfida obsesión nunca repare en los sentimientos de la mujer. Agache la cabeza apesadumbrado, afrentado. La levante cuando volvió a repetir mi nombre en diminutivo, como era su costumbre:

—Ramoncito, Ramoncito.

—Allí estaba, la señora Amparo, en cueros; el vestido yacía a sus pies. En ese momento sentí exactamente lo que sienten a quienes se les aparecen los santos.

—Ya es tarde— Me dijo— Solo toca y vete; antes de que me arrepienta.

Fueron simples minutos, en los cuales me eleve al mismísimo cielo. Al contacto de esa piel finita, blandita. La multitud de emociones ondulantes chocaron contra la enredadera de un pelambre oloroso, a fragancia bonita. Mis dedos temblaban trémulos en cada caricia. Cuando las manos se apoderaron de esos pechos colgantes, no pude evitar un estremecimiento, como si el alma sé fragmentada en tantos pedazos, que ya nunca mas podría reunirlos, ni pegarlos. Sus ojos “”atardecer en domingo” se clavaron en los míos. Al mismo tiempo que abría los labios:

—Mi niño, mi niño— Musito, y me dio un beso en los labios. Con su cuerpo moreno enlazo al muchachito, que no dejaba de temblar. Mis manos volaban a su mata de pelos, mis uñas se enredaban en ellos. Fue cuando oí un quejido apagado, su ser se desfallecía ante la torpe experiencia de mis movimientos casi infantiles.


—... ¡Ya...! Ya, Ramoncito. Ya... Es tarde, anda vete a tu casa— En la semi-luz, todavía pude apreciar con más fruición a esa mujer. Se grabo en mi mente cada pliegue, cada línea, la sinuosidad de ese cuerpo ya maduro.

De eso ya ha pasado muchas semanas, no entiendo porque no me he atreví a ir a su tienda. ¿Será por no profanar el recuerdo de esa mi primera vez?
¿O será esto el amor? Que nos hace irreverente, caprichosos, rebeldes, apagados. Que nos chupa el seso hasta dejarnos secos; ya sin entendimiento, ni razonamientos. ¿Cómo saberlo? Si a nadie puedo contárselo, sin caer en la infamia delatora.

Cuando hiervo en la urgencia de volverla a ver, saco los 50 pesos que le prometí, es como si volviera a vivir en la memoria nunca borrada la intensidad de la pasión y el deseo satisfecho.






FIN.

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Última edición por pesado67 el 01 Mar 2018 06:12, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 15 Feb 2018 17:15 
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Recuerdo este texto tuyo. Entonces y ahora (corregido y aumentado) me gusta mucho. La ingenuidad del niño y, por qué no, de la señora Amparo; los primeros pasos hacia la adolescencia y hacia la vejez...
Enhorabuena, coyote.


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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 15 Feb 2018 17:39 
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mi carnalita, la coyotita hispana, pues si, lo vi perdido por allí, y pues le di una manita de gato, tal vez todavía le haga falta mas jabón y estropajo, pero ya se le ve la carita mas limpiecita...

Y pues como tu subes uno, yo subo otro...

saludos.

mario a. c.

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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 22 Feb 2018 07:41 
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Genial, admirado amigo. Hubo momentos en que recordaba la escena de la estanquera de Amarcord. Me envolviste con la obsesión adolescente de lo prohibido, esa en la que el sexo apenas pasa de convulsivos tocamientos. Has descrito muy bien la trastienda del deseo: superar el escaparate y encontrar en el mostrador un puente, y no un obstáculo, para sucumbir al aliento, al sudor intenso de una entrepierna, de unos senos.

A continuación destaco un par de cosas que me han encantado.



Citar:
Nadie sabe si es viuda o dejada


Citar:
Con esmero se columpian esas carnes translucidas al ritmo de su canturreo viejo; sus pechos aferrados al minúsculo tirón de tela se obsequian al observador, al mirón anónimo y vecino. No hay impudicia, ni malicia por parte suya. Sin embargo un embrujo morboso obliga a la vista a seguir la exploración completa de esos hemisferios, casi perfectos.


Citar:
Gustaba de unas zapatillas negras, de tacones tan grandes como, gastada la peineta con la que sujeta el mar de su cabellera negra.


Citar:
No es que estuviera enamorado, a mis 13 años desconocía lo que la gente llama amor.
Además amar a una persona mucho mayor, simplemente no es lógico. No, lo que yo ansiaba era aspirar, tocar, lamer; llenarme hasta el mismísimo hastió de su canchonderia, su perfume de mujer.


Citar:
Con el reojo despierto recorría las líneas dibujadas en su habitual vestido de algodón


Citar:
Entre mudas palabras. —Su rica papaya, sus sabrosos melones, el semi-planisferio perfecto de su portento culo— Solo eso señora Amparo….


Citar:
El puente que era el mostrador, ahora no se interponía. Sentía un sutil cosquilleo en el nacimiento del sexo, como una corriente imantada, algo invisible me empujaba a tocarla; pero en la conciencia de no arruinar mi única oportunidad. Deseaba estar bien seguro.


Gracias por compartirlo.
Abrazos.


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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 22 Feb 2018 08:44 
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Apreciado amigo...


muchas gracias, andaba por allí oculto este, pedazo de las vidas infantiles, que quise ponerle un poco de brillo y esmalte, ojala lo haya conseguido, pues recuerdo que nació en una bravata de compañeros de trabajo, que me retaban al decirme, que yo no podía escribir algo erótico y que les diera una erección al menos de gustillo...

lo cierto, es que les gane...

yo se que aun le falta mucho, que la ortografía es un desastre, todavía.


Pero ahí la llevo...

gracias

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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 01 Mar 2018 02:41 
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¡Vaya si hace tiempo de este cuento, Mario! Es como de otra época, creo que lo leí cuando era joven :lol:

Tienes en este relato, como por ejemplo en Jonás, una habilidad natural para jugar con los dobles sentidos y una aparente sencillez que me encantan. Has evolucionado, seguramente eres ahora un pensador más profundo y un escritor más completo, pero has perdido la frescura que puede encontrarse en este cuento o en el del gato. No lo tomes como una crítica negativa, sino como añoranza de aquellos tiempos en los que las letras nos salían más amables.

Me hace pensar también tu cuento en cómo cambia el mundo. Cuando lo escribiste, era la anécdota del despertar sexual de un mozalbete. Hoy día, al dejarnos llevar por las mentes estúpidas, se vería aquí abuso de menores, inducción a la prostitución, acoso, violencia de género y no sé cuántas tonterías más. El mundo ha cambiado definitivamente, yo creo que no tiene arreglo.

¡Qué bien que no te hayas olvidado de este cuento!

Saludos.


No sé dónde leí que ibas a publicarlo en alguna parte. He repasado algunos acentos y comas, por si te sirve. Puede que me haya pasado algo por alto, pero no creo que mucho.

Citar:
LA SEÑORA AMPARO

Las calles se cruzan como los caminos de las personas. A veces, solo nos llevan a lugares fijos: son así pasos de paso. Los deseos carnales se aprovechan así de estos entronques. Así de bonita es la vida.

Tendría entre 40 y 45, cabello crespo con algunos mechones blancos, piel morena, sonrisa franca en boquita chica, nariz un poco chata. Ojos atardecer en domingo. Delgada sí, alta sí; con una pequeña pancita, evidencia de tres o cuatro embarazos, ya de muchos años; lejos de darle mala apariencia, realzaba aún más la grotesca belleza de la señora Amparo. Siempre vistiendo de lino y algodón, de esos vestidos que se cuelgan de la cintura, con un vértice a la altura de las caderas. Vaporosos, que con la más leve brisa se pegan a los muslos, a las piernas; siguen el sinuoso recorrido a un monte abultado, rodeado de un valle poblado con muchas flores de nomeolvides. Seguro que bella no es, pero sí tremendamente sensual; de una sensualidad que nunca se había visto por toda la colonia Maravillas.
La señora Amparo tiene una tiendita de chucherías, de las pocas misceláneas que aún subsisten, pues como a diez metros existe un mercado y mas allá, una antigua CONASUPO (pese a los muchos años de la desaparición de la paraestatal) sigue ofreciendo varios abarrotes y otras cosas.
Nadie sabe si es viuda o dejada; el chiste es que vive en otra parte de la ciudad. Que muy temprano llega a abrir su changarrito y barre la banqueta con mucho esmero.

Con esmero se columpian esas carnes translucidas al ritmo de su canturreo viejo; sus pechos aferrados al minúsculo jirón de tela se obsequian al observador, al mirón anónimo o vecino. No hay impudicia ni malicia por parte suya. Sin embargo, un embrujo morboso obliga a la vista a seguir la exploración completa de esos hemisferios casi perfectos. Gustaba de unas zapatillas negras, de tacones tan grandes como la gastada peineta con la que sujeta el mar de su cabellera negra.

Otras veces, encaramada a una escalerilla acomoda una fila de curiosos estuches multicolores; sin pudor, sin vergüenza, muestra a los ojos el blanco-azul de sus calzones. O eso imaginaban ver, pues con los faldones hasta los tobillos, lo único que se veía era un par de chamorros prietos y correosos. A pesar de su flacura, se delineaban unas nalgas redondas, anchas, repujadas, que adquieren más voluptuosidad cada vez que se inclina a los rincones de sus quehaceres.

De ser cierto eso de que solo los borrachines, esos infelices que pasan media vida ahogados en el alcohol, y nosotros los niños decimos la verdad, entonces no cabría duda:
—La señora Amparo es una real hembra.

Ellos, los borrachos, señalaban, abriendo ambas manos:
—¡Pero qué buena esta la vieja!
—¡Pinche culote que se carga la condenada!

Saboreaban con expresivos mohines la suculenta papaya que escurría dulce, a decir de ellos. Yo mismo comprobaba sus palabras, cuando por cualquier pretexto venía a admirar, disimulando, la lujuria transparentada de sus hendiduras de mujer. Embelesado seguía cada movimiento suyo; su voz, con acento de las montañas, timbraba mis pensamientos, ensoñaba mis ideas.

—¿Qué te doy, Ramoncito?

—...Eso que tiene entre las piernas —Le confesaba en los pensamientos.

No es que estuviera enamorado, a mis trece años desconocía lo que la gente llama amor.
Además, amar a una persona mucho mayor, simplemente no es lógico. No; lo que yo ansiaba era aspirar, tocar, lamer; llenarme hasta el mismísimo hastío de su canchondería, de su perfume de mujer.

Fueron muchas veces que detrás de las puertas atisbe la desnudez progenitora, y cuando se descuidaban mis hermanas, les robaba sus delicadas prendas intimas. Para evocar despierto carne de mujer. Pero ni así conseguía mi mayor anhelo. El placer casero no es suficiente, ni tampoco cuando misteriosamente aparecen laminillas impresas de blanco y negro: Modelos estilizadas en poses circenses. O en aquellas veces que hemos ido al centro, saliendo por la estación de metro Pino Suárez, enfilando hacia la calle de San Pablo, mirando de reojo a las putitas, pobres mujeres marchitas que detrás del maquillaje y lentejuela tejen una triste historia. Ellas sí que son muñequitas sin articulaciones, poses artificiales. De lejos se ven bien, de cerca su miseria es dolorosa. No tuve el valor de verlas de frente.

En cambio, con la señora Amparo es diferente, ella me recordaba a famosas cortesanas de la historia; amantes excelentísimas que hacían de su labor un arte. ”Verdaderas putas”, como alcancé a escuchar al maestro de historia, cuando toco el tema de la Francia de los Luises y las Antonietas.

De noche cubierto por la cobija de la complicidad, imagino que los olores corporales, desprendidos de esas delicadas piezas sustraídas, son en realidad los sabores de la entrepierna de la señora Amparo. Cierro los ojos, me acomodo en mi afiebrada obsesión, de pronto veo la cortina metálica abierta, entro sigiloso. La señora sigue poniendo con demasiada lentitud objetos de muchos colores. Observo a mis anchas las anchas protuberancias traseras. Me coloco justo debajo de su persona; levanto la mano izquierda, palpo con exquisita paciencia la seda redonda de su bulto brujo, es tibiecita, suave.

Miro al interior del vestido; descubro para mi sorpresa que esa tersa sensación es así porque el calzón blanco-azul descansa al lado de la caja registradora. La rica pincelada que mis dedos experimentan en un principio es ahora de completa dicha. Su gruta caliente, los labios vaginales son una piel con vida propia; se estremecen al grosero toqueteo de mis impulsos adolescentes.

En otro sueño, observo maravillado el vestido de algodón pendiendo de los hombros, después resbala despacito hasta el suelo. Nada cubre el cuerpo terroso, nada impide disfrutar la impetuosidad de unos senos gordos, manchados por lunares. Más oscuras las areolas, emergen retadoras a la vista curiosa. Un triangulo peludo oculta la abertura, o tal vez la entrada a un espacio de pasiones lúdicas. Signos de temperatura escurren por esa apertura abierta que es su sexo caliente.

En la mañana, ojeroso, cansado, con las sábanas almidonadas, comenzaba un nuevo día malo.
Era ya costumbre precipitarme a la calle para encontrar a la mujer de mis turbios deseos, esos húmedos que son tu secreto y tu vida.

—¡Buenos días, señora Amparo!

—¡Buenos días, Ramoncito!

Con el reojo despierto, recorría las líneas dibujadas en su habitual vestido de algodón

—¿Qué vas a llevar, Ramoncito?

Entre mudas palabras:

—Su rica papaya, sus sabrosos melones, el semi-planisferio perfecto de su portentoso culo. Solo eso, señora Amparo…

Bajo cualquier pretexto, iba a la tiendita, con la pura intención de contemplar por encimita de la ropa a la buena señora Amparo; de la buena señora... Compraba igual chucherías, estampitas coleccionables y otras cosas sin importancia, tantas tenía que ya ni me molestaba en abrirlas. Se iban acumulando debajo de mi colchón viejo.

Hoy desperté con la determinación bien metida en la cabeza. Ya no podía seguir así, deseando sin conseguir lo imposible. No había sosiego, la tranquilidad por dentro se esfumaba con mayor velocidad. Era un enorme globo a punto de reventar. Me levanté de una vez por todas, con el ánimo de traspasar esa frontera de la realidad y la fantasía engañosa. Convencido estaba de querer experimentar de una vez por todas esas posibilidades que solo se agolpaban en mi calentura nocturna. Debía, tenía que descorrer el velo y sentir el calor del paraíso o la frialdad del infierno al aproximarme a ese cuerpo tan locamente deseado. No tendría vuelta de hoja. Arriesgarme en la convicción de comprobar la suavidad o resequedad de unos labios fijos en mi mente, que habitaban, que eran desde hacía mucho tiempo mi todo.

Una sensación difícil de explicar oleaba por mis manos; roja determinación de la acción mas allá del simple observador. Me disponía a asaltar la ligera trinchera del francotirador silencioso, anónimo perdido entre mil...

¡Ya no, ya nunca más! Me iba a atrever a olvidarme de los consejos interiores, que solo me habían hecho un muchacho introvertido y taciturno. Apocado, burda imagen de niño que crece a nombre.

La ambivalencia de ardores gratos que se sucedían unos a otros conforme se acercaba la hora señalada. El corazón golpeaba con fuerza mi pecho, era algo supremo, tocaba cada fibra, cada célula de mi gelatinosa alma. Tenía que aprovechar esta vehemencia demente, cuando faltaba poco para las nueve fingí irme a dormir. De puntitas a la calle, crucé la esquina; respiré hondo, la tensión de ser descubierto terminó, no importaba si descubrían mi simulación. Estaba tan convencido de mis propósitos que bien valían la pena una reprimenda, el castigo o la misma burla; total, si iba a soportar el escarnio, este venía en prenda de los excesos de la carne. El júbilo de quien alcanzo la meta del clímax sería bien ganado aun a pesar de las horas indecisas.

Entré en el momento en que jalaba la persiana metálica, su sorpresa fue mayúscula. Iniciamos el dialogo que supuse, todo lo tenía planeado.

—Ramoncito, ¿qué haces?
—¡Buenas noches, señora Amparo!
—Pero si ya cerré, muchacho. ¿Qué quieres?
—A usted...
—¿Cómo dices? —Achicó los ojos, tal vez esperaba esa respuesta.
—Señora Amparo, desde hace mucho tiempo cada vez que la veo siento algo dentro de mí...
—¿Estás loco? ¿O qué te pasa? ¿De qué hablas?
—No, nada de eso. Quiero pedirle que me deje tocarla un poquito, nada más un poquito...
—¿Un poquito? ¿Un poquito qué? ¿Qué tienes, Ramoncito, te sientes bien?
—Mire, señora Amparo, traigo cincuenta pesos que he juntado con mucho trabajo. Se los doy, si me permite acariciarle un poco su cuerpo, sobre el vestido, nada más por encimita.

Se me quedo viendo fijamente, no sé si pensando en lanzarme, con toda clase de improperios… A lo mejor no eran mis palabras tan indiferentes, surtiendo un efecto diametralmente opuesto. Tal vez se percató de mis continuas idas y venidas a su local. Abrió sus labios para decirme enseguida:

—¿Qué has estado haciendo últimamente, Ramoncito, que estás tan excitado? Tus padres ¿qué dicen?
—No lo saben, será un secreto de los dos.
—¡Ay, muchacho! De seguro miras esas revistas de viejas encueradas, por eso te calentaste tanto.
—No es eso, se lo juro. —El puente que era el mostrador ya no se interponía. Sentía un sutil cosquilleo en el nacimiento del sexo, como una corriente imantada, algo invisible me empujaba a tocarla, pero en la conciencia de no arruinar mi única oportunidad deseaba estar bien seguro.

—SE LO RUEGO, SOLO TOCAR…”

—¡Ramoncito, niño! —Retrocedió un paso. Movía la cabeza en una actitud de sorpresa y tierna compresión.
Me dio vergüenza, pues debido a mi pérfida obsesión nunca repare en los sentimientos de la mujer. Agache la cabeza apesadumbrado, afrentado. La levante cuando volvió a repetir mi nombre en diminutivo, como era su costumbre:

—Ramoncito, Ramoncito...

—Allí estaba la señora Amparo, en cueros; el vestido yacía a sus pies. En ese momento sentí exactamente lo que sienten aquellos a quienes se les aparecen los santos.

—Ya es tarde —dijo—. Solo toca y vete, antes de que me arrepienta.

Fueron simples minutos, en los cuales me eleve al mismísimo cielo. Al contacto de esa piel finita, blandita. La multitud de emociones ondulantes chocó contra la enredadera de un pelambre oloroso, a fragancia bonita. Mis dedos temblaban trémulos en cada caricia. Cuando las manos se apoderaron de esos pechos colgantes, no pude evitar un estremecimiento, como si el alma se fragmentara en tantos pedazos que ya nunca más pudiera reunirlos, ni pegarlos. Sus ojos ”atardecer en domingo” se clavaron en los míos, al mismo tiempo que abría los labios:

—Mi niño, mi niño —musitó, y me dio un beso en los labios.
Con su cuerpo moreno, enlazo al muchachito que no dejaba de temblar. Mis manos volaban a su mata de pelos, mis uñas se enredaban en ellos. Fue cuando oí un quejido apagado, su ser se desfallecía ante la torpe experiencia de mis movimientos casi infantiles.

—¡Ya...! Ya, Ramoncito, ya... Es tarde, anda, vete a tu casa. —En la semi-luz, todavía pude apreciar con más fruición a esa mujer. Se grabó en mi mente cada pliegue, cada línea, la sinuosidad de ese cuerpo ya maduro.

De eso ya han pasado muchas semanas, no entiendo por qué no me he atrevido a volver a su tienda. ¿Será por no profanar el recuerdo de esa, mi primera vez? ¿O será esto el amor, que nos hace irreverentes, caprichosos, rebeldes y apagados? Que nos chupa el seso hasta dejarnos secos; ya sin entendimiento, ni razonamientos. ¿Cómo saberlo, si a nadie puedo contárselo sin delatarme y caer en la infamia?

Cuando hiervo en la urgencia de volver a verla, saco los cincuenta pesos que le prometí, y es como si volviera a vivir en la memoria nunca borrada la intensidad de la pasión y el deseo satisfecho.

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:Spain.gif: Saludos desde Barcelona - España.
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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 01 Mar 2018 06:10 
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Registrado: 01 May 2011 01:51
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Ubicación: neza de mis amores
Es cierto, ahora todo lo criminalizan, todo es caos y derechos de mirar y no mirar...

A un colega mio, de un medio mas grande, Ricardo Rocha, tuvo en su programa a una joven comediante, que la verdad fue desastrosa su actuación, sin embargo Ricardo, fue amable y hasta celebro sus chistes, sin chiste, creo que eso fue su error, pues unos dias despues lo acuso de acoso sexual.... en la entrevista, y la verdad por mas que uno se fija en la grabación, no halla tal falta.

Por otro lado, la historia es real, en toda época y en todo lugar. Y que decir, de la frescura, es cierto, ya me volvi viejo cascarrabias, ya las historias tiernas, me chocan, y sin embargo estas viejas historias, como esta, Jonas, o los tenis de Juana, y otras tantas... Me regresan a mis inicios, a bibliotecasvirtuales.com. y me gusta, me gusta mucho ver la senda que nunca volveré a pisar.

Y bueno, muchas gracias y si se va a una antología de corte erótico aquí con otros escritores de zona... ya les dire despues de que trata el asunto, muchas gracias, por darle esa manita de gatote, se agradece y mucho.

mario a. c.

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escribo y punto.



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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 10 May 2018 09:50 
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Registrado: 24 Ago 2012 18:18
Mensajes: 476
Verás, Mario, unos amigos de face me han animado a escribir una historia con un tema muy peculiar y del que jamás se me hubiera ocurrido escribir. El reto me pareció tan grotesco, que decidí participar. No sé si lo terminaré a tiempo de entregarlo, ya sabes que no estoy muy animado a escribir, pero lo seguro es que lo compartiré aquí. Se va a llamar "La pastelería de doña Amparo", y es por la coincidencia con el nombre de tu protagonista, que te lo comunico.
Un abrazo, viejo y querido amigo.


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 Asunto: Re: La señora Amparo. (corregido y aumentado)
NotaPublicado: 10 May 2018 15:41 
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Registrado: 01 May 2011 01:51
Mensajes: 1382
Ubicación: neza de mis amores
hey, que ya somos dos, pero ahí vamos, vamos...

Que lo traemos en la sangre.


Espero ver ese trabajo ya aquí colgado.


saludos

mario archundia cortès

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