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 Asunto: LA MAESTRA DE MI HIJO
NotaPublicado: 31 Mar 2013 20:29 
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LA MAESTRA DE MI HIJO


(relato mitad real, mitad creado)


El traslado a mi nuevo puesto de trabajo me fue comunicado aquella mañana.
Supondría un trastorno encontrar una casa, escuela para el niño; en fin, todo tendría solución,- pensé resignado- aparte de que me compensaba el aumento de sueldo que mi nuevo cargo me proporcionaba.
Pasados unos días recogimos lo más imprescindible y salimos rumbo al pueblo de la sierra donde había sido destinado. Nos pareció grande y muy hermoso; de viviendas enjalbegadas; con las paredes cubiertas de macetas ahogadas en flores; de aire limpio donde era un placer respirar.

Vimos una casa muy acogedora con un pequeño jardín delantero. Mi mujer y mi hijo se entusiasmaron con ella. Decidimos comprarla. En el siguiente mes un camión cargado con nuestros enseres se presentaba ante la puerta. Los tres nos sentíamos felices y contentos con el cambio de residencia.
- ¡Papá, papá!, ¿podría tener aquí un perrito?- preguntó mi hijo alborozado con la idea.
Dudé un instante pero viendo su mirada…
-¡Sí, hijo! Tendrás un perrito.
Muy pronto quedamos instalados.
Mi hijo Carlos había sido inscrito en el colegio más cercano a nuestra casa; aun así, estaba algo distante por lo que cada mañana su madre le acompañaba hasta el Centro.

Mi esposa amaneció indispuesta una mañana.
-¡Carlos!; no me encuentro bien.
-¿Quieres que llame al médico?
-¡No!, no creo que sea necesario. Esperaré unos días; si no me alivio le avisaremos.
-Bien, cariño; como quieras. ¿Te traigo algo para la fiebre? ¿Una aspirina con un vaso de leche?
-Está bien; ¡gracias!; ¡eres un encanto!

Esa mañana me encargué de acompañar a mi pequeño a la escuela. Cuando llegamos ante la puerta esperamos un poco hasta que el conserje la abriera. De repente, mi hijo dando un tirón de la manga de mi americana, casi gritó:
-¡Papá, papá! Esa señora que viene por ahí, es mi ‘seño’.
Dirigí mis ojos hacia donde el niño señalaba y avisté a la mujer más bonita e interesante que jamás soñé. Caminaba rápido y en su rostro se dibujaba una leve y encantadora sonrisa. No sé qué me ocurrió; sentí que algo vibraba en mi interior; mis piernas perdieron firmeza y el vello de mi cuerpo pareció que se electrizaba. No supe qué hacer: si adelantarme para presentarme y saludarla o quedarme paralizado, que era como en realidad estaba.
Me incliné por lo primero:
-¡Buenos días!, señorita. Mi hijo me ha dicho que es usted su profesora y deseaba saludarla.
- ¡Oh! Muy amable. Sí, soy la profesora de su hijo. Me llamo Ángela.
- Yo, Carlos; claro, como el niño- bromeé- sin saber qué más decir.
-¡Encantada, Carlos!
- Es un placer- dije apresurado mientras estrechaba su mano.

El conserje abrió la doble puerta y los niños en alegre algarabía desaparecieron tras de ella. La profesora se despidió con una blanca sonrisa y entró en el patio del colegio.
Quedé allí parado completamente turbado; no tanto por la belleza y simpatía de la profesora, como por el impacto que en mí había provocado. No lo entendía, sencillamente. Estaba casado con una mujer maravillosa a la que amaba y respetaba sinceramente; estábamos compenetrados y yo me sentía satisfecho en todos los aspectos. ¿A qué demonios venía aquel torrente de extrañas sensaciones que arrasaba mi cuerpo por la simple visión de una mujer? Y, ¿por qué nunca antes había sentido algo así, ni siquiera cuando conocí a mi esposa? Lo peor fue que, a pesar de los minutos pasados desde que la viera, seguía trastornado con su imagen. Sus ojos habían quedado grabados a fuego en mis retinas y sus labios en mi corazón. Decidí no volver más al colegio y que mi esposa se encargara de todo lo relacionado con el niño y sus estudios fuera de la casa cuando se restableciera.

En los días siguientes que tuve que acompañar al niño no me acerqué a la puerta; permanecía alejado, vigilando a mi hijo que hablaba y reía con otros críos. No quería encontrarme con la profesora; ni siquiera verla de lejos, ya que no había podido relegar de mi mente la alteración que me produjo.
Un día, una vez que todos los niños hubieron entrado, vislumbré un objeto sobre el suelo. Me acerqué y vi que era una pequeña libreta. La puerta del colegio había sido cerrada y no veía al conserje. Supuse que sería de algún alumno que la habría caído. La introduje en mi bolsillo con la intención de entregarla en el colegio cuando volviera a recoger a mi hijo.
Ya en mi despacho la noté en mi bolsillo y la abrí. Quedé muy sorprendido: en la segunda página un nombre escrito provocó un vuelco a mi corazón: Ángela Rivera, ¡la maestra de mi hijo!
Su imagen no abandonó mi mente durante todo el día y durante la noche; di vueltas y más vueltas en la cama; mi esposa me preguntó si yo también me encontraba enfermo.
-No; no me pasa nada; sólo que me he desvelado. Y, ¿tú?, ¿cómo te encuentras?
-Yo, muy bien; mañana ya haré vida normal.
Sentí un gran alivio. Ya no tendría que acompañar a Carlitos al colegio. La pesadilla había terminado. Todo lo vivido me parecía algo irreal, absurdo en un hombre como yo, hecho y derecho. Me había sentido como un adolescente al que se le pone el vello erizado al contemplar a la que cree la mujer de su vida. No; no iría más por allí. Ni siquiera me acercaría para devolverle la dichosa libreta; que se la entregara mi esposa.
Minutos antes de que mi hijo y su madre salieran hacia el colegio, se me ocurrió revisar el resto del contenido de aquellas hojas: notas sobre lecciones; objetivos a cumplir; observaciones sobre algunos alumnos… y…y de pronto: “Hoy conocí a un padre muy especial; nunca me he sentido tan nerviosa como delante de este hombre”.
Mis ojos rastrearon la página buscando desesperadamente una fecha o algo más que me aclarara esa frase; al fin, en un ángulo, abajo, a la derecha: “25 de septiembre.” ¡Justo el día en que nos conocimos!
Sin tener certeza de nada mi alma se alborotó llena de una alegría loca. No traté ya de entenderme. ¡No podía! Y además era igual. Yo tenía en la garganta desde que conocí a esa mujer, como un nudo de sangre fresca; como una herida que atravesara de parte a parte mi cuerpo; mi cabeza sufría como si una corona de alfileres orlase mis sienes; mis manos y mis dedos parecían estar atravesados por pequeños puñales negros; ¡era tanto mi dolor al darme cuenta de que me había enamorado como un loco y yo era un hombre casado!
¡Era un imposible! Tenía que levantar un muro entre esa mujer y yo; un muro de silencio, espacio y ausencia; un muro en torno a mis sentimientos. Nadie podía enterarse. En un pueblo como ése sería un escándalo. ¡No! Y, sobre todo, mi esposa, mi pobre y amada esposa ¡qué golpe tan terrible para ella si tan sólo intuyera algo!
Decidí no devolver la libreta; iba a ser lo único que tendría de ella. Lo único que yo poseería en que ella había puesto sus manos.
Sentí irrefrenables deseos de llorar temiendo la fuerza de mis sentimientos, temblando con tan sólo oír su nombre en los labios de mi hijo.

Soñaba todas las noches con Ángela, mientras acariciaba a mi mujer; era injusto con ella, me reprochaba, pero no lo podía remediar.

Mi esposa había acudido un lunes a la tutoría para hablar con Ángela de nuestro hijo. A su regreso comentó que se iba a celebrar una fiesta de carnaval en el colegio y que se necesitaba la colaboración de los padres. Venía muy contenta por lo bien que se había entendido con la ‘seño’ de Carlitos.
-Es una mujer encantadora y muy bonita, Carlos, ¿la conoces?
-Sí, sí- me apresuré - la conocí el primer día que acompañé al niño a la escuela.
-Verás, tenemos que hacerle un disfraz al niño y luego acompañarle a la fiesta, disfrazados también.
Una corriente helada recorrió mi espalda, ¡una fiesta!
-Y, ¿tenemos que ir necesariamente los dos?- pregunté con tono indiferente.
-¡Oh!, sí. A Carlitos le gustará mucho que vayamos los dos. ¿Qué pasa? ¿No quieres ir?
-Sí; claro que deseo ir; sólo que tengo mucho trabajo atrasado.
-¡Es sólo una tarde!; ¡hombre!
-Está bien - dije resignado.
Llegó el día de la fiesta de disfraces. El niño fue vestido de Arlequín; estaba muy gracioso. Mi esposa y yo nos disfrazamos de reina María Antonieta y del personaje del Zorro, respectivamente. De tal guisa partimos hacia el colegio.
El salón de Actos estaba concurrido. El escenario decorado con formas fantásticas e infantiles nos encantó. En la primera fila un grupo de profesores y padres formaba el jurado para elegir el disfraz más original.
Los niños fueron desfilando con sus bellos atuendos, felices ante los aplausos de sus compañeros y padres. Todo resultaba alegre y emotivo. Se dieron tres premios a los mejores y más originales disfraces y a continuación, pasamos a un salón contiguo donde se había preparado un ‘bufett.’
Mis ojos, camuflados por el antifaz, la buscaban afanosamente cuando de improviso oí una cálida voz a mi lado:
-¿Qué tal la fiesta?, señor Ledesma.
Me giré y pude percibir detrás de su máscara los hermosos ojos de Ángela; de nuevo el temblor en las piernas y mi voz que no salía con la firmeza habitual.
-¡Hola, señorita! Muy bien; ha estado muy bonito el desfile.
Mis ojos buscaban a mi esposa desesperadamente a ver si me ayudaba a mantener una conversación coherente
-¿Le ocurre algo?- su voz sonó melodiosa.
-¡No!; nada de particular; todo está bien. ¡Gracias!
-Es usted, o lo parece, poco hablador, ¿no?- dijo, mientras los blancos dientes brillaban entre los ansiados labios.
-Bueno; depende de la ocasión- dije sin pensar lo que decía.
-¡Ah!, ¿le parece que hoy no es un día adecuado para hablar?
Me planté ante ella, me arranqué el antifaz y la miré intensamente. No me importó que alguien pudiera advertir la situación. ¡No podía más!
-¡Ángela!; me es difícil hablar con usted por algo muy importante que me ha sucedido de manera totalmente imprevisible y que no he podido controlar: ¡me he enamorado de usted!, ¿entiende? Algo realmente increíble; ajeno a mi voluntad. Ocurrió el primer día que la vi; por eso prefiero no verla, ya que no quiero que esto que siento llegue a más.
La profesora desprendió su antifaz y me miró a los ojos. Sentí que el suelo cedía.

-Y, ¿no ha pensado que yo también podría sentir lo mismo por usted?
-¿Cómo?
-Lo que ha escuchado, señor Ledesma. Si usted se ha sincerado conmigo, debo hacerlo yo también. Desde que le vi, supe que había encontrado, algo tarde, al hombre de mi vida. Las cosas son así. El amor no se busca, se encuentra. Yo lo he encontrado en usted.-Dijo sin titubear.
Perdí las palabras para describir lo que pasó por mi mente al oír su declaración. Un abrumador impulso de abrazarla y besar todo su bello rostro tuve que refrenarlo apretando los dientes hasta que sentí crujir mis mandíbulas.
¡Dios! ¿Quién lo iba a decir? ¡Ella también había sentido lo mismo que yo!
La tomé ligeramente de una mano y la llevé hasta el patio sumido ya en las sombras. La estreché entre mis brazos y la besé con pasión. Mis labios mordieron los suyos con una locura jamás sentida y mi lengua jugó en su boca haciendo de las dos, una.
Voces cercanas hicieron que aflojara el abrazo. Nos compusimos un poco y tratamos de volver al salón; no veía a mi esposa y tenía la terrible sensación de haber cometido un crimen.
El ‘bufett’ estaba muy animado; la gente comía y reía; los niños jugaban entre los papás. De improviso, oí la voz de mi esposa tras de mí.
-¿Qué tal tu conversación con la señorita Ángela?
-¿Con la señori…?- quedé anonadado. En el tono de su voz comprendí. Mi esposa debía haber estado en algún lugar desde el que había visto todo lo sucedido. Lo mejor era enfrentar la situación.
- ¡Cariño!, lo siento de veras. Hay cosas que no se pueden controlar. Lo siento. Haremos lo que tú decidas.
- De momento, nos quedaremos donde estamos- Dijo con voz impersonal.
Busqué con la mirada a Ángela y en aquel preciso instante estaba arrodillada ante mi pequeño y le depositaba un beso en su mejilla. La emoción me embargó. Cuando mi hijo se alejó de su profesora, me acerqué a él y con suavidad puse mi boca donde ella había posado la suya.
Completamente aturdido salí al exterior.
La noche estaba hermosa; la luna refulgía como una estrella. Me dejé caer en el borde de la acera y estrujando la libreta entre mis manos lloré como nunca lo había hecho.
Lloré de alegría y de rabia por amarla como la amaba.


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 Asunto: Re: LA MAESTRA DE MI HIJO
NotaPublicado: 02 Abr 2013 01:14 
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Registrado: 23 Jul 2011 11:52
Mensajes: 3044
Ubicación: Tarragona -España
Y bien, Marian, parece que aunque no sea definitivo y corrijas algo, ya se puede comentar tu relato.

Lo he leído con interés, pues ya conozco tu estilo, que transmite muy bien la manera de ser y de pensar de quien lo escribe, que eres tú.

Quizá te habrás dado cuenta de que la mayoría de los relatos que se publican últimamente por aquí van por otros derroteros. Es por eso que el tuyo llama la atención. Y llama la atención no porque sea mejor o peor, sino simplemente porque se aleja del estilo o de la moral reinante.

En este momento sería incapaz de decir si me ha gustado o no. No me ha disgustado, por supuesto. Es una bonita historia, te ha costado tu trabajo escribirla, pero tiene un regusto de pasado. Parece estar escrita bajo el punto de vista o la manera de sentir de unos cuantos lustros atrás. Esto que comento no es ni bueno ni malo, es simplemente algo real: es tu manera de escribir, tu visión de las cosas, tu manera de sentir y de transmitir. Es, en suma, un estilo propio y particular.

Un detalle a tener en cuenta: no te obceques con el vocablo francés "buffet" y le des vueltas y más vueltas a su escritura, pues ya tiene su versión castellanizada. Puedes escribir simplemente bufé, así de sencillo.

Un saludo afectuoso.

_________________
Saludos desde Tarragona - España / Salutacions des de Catalunya - Espanya
Los halagos ensalzan nuestro ego, pero una crítica constructiva nos hace más sabios. JGM.


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 Asunto: Re: LA MAESTRA DE MI HIJO
NotaPublicado: 11 Abr 2013 01:14 
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Registrado: 09 Ene 2013 19:15
Mensajes: 1418
Casi nada, Marian. Un flechazo por ambas partes y a lo bestia. Carlos se quita el disfrac de Zorro, la señorita maestra el suyo y besazo que no se puede aguantar. Parece que la esposa sospecha lo sospechable, los enamorados no son muy recados que digamos.
Para escribir este relato, parece que te inspiras en una parte de verdad y otra de ficción. Ignoro hasta qué punto la historia tiene más de ficción que de realidad. En todo caso, el flechazo llegó a lo grande. Divorcio a la vista.
Mucha tela, Marian. La historia tal y como la cuentas, parece poco creíble pero, a saber sobre amores que surgen a primera vista.
Sea como sea, te los has currado.

Un saludo afectuoso desde Avilés—Asturias— :Spain.gif:


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