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 Asunto: Don Fernando
NotaPublicado: 24 Jun 2017 12:02 
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Registrado: 05 May 2011 15:30
Mensajes: 1855
Conocí a D. Fernando Hidalgo Cutillas — médico de profesión, lingüista y escritor de vocación— en la cocina de Prosófagos hace mucho tiempo. Llegó a ser mi maestro en el salón de Prosadictos y tengo el honor de considerarle amigo desde que me hizo un hueco en su casa LEA.

En una conversación privada me comentaba el miedo que le daban las masas ; hoy, día de su cumpleaños, le dedico este texto para seguir hablando.


Felicidades, Fernando. Con todo, todo mi agradecimiento y cariño. Te envío toneladas de los dos.

En cualquier tiempo y lugar...

************************************************************************************

      SIETE BOFETADAS

      Recibió siete bofetadas. No sabe cual de ellas hizo estallar su mejilla derecha. Fue un martes a las once de la mañana.
      Cuando salió a la calle enjugándose con la palma de la mano la sangre del rostro, el aire de ese diciembre era limpio y fresco. No podia oir nada, algunos golpes más y sus tímpanos se hubieran roto. Fue hacia la parada del autobús y lo esperó para entrar en su casa. Pensó que debería olvidar las siete bofetadas. Lo haría una por día, en una semana todo habría pasado.

]      Primera bofetada

      Hoy es el primer día para olvidar. Abre con la llave la puerta de su apartamento y se quita los zapatos, los pone en un rincón y se acuesta vestida del lado izquierdo. Su cara sigue hinchándose y el ojo no se abre más que parcialmente. Tiene un intenso dolor.
Después de veinte minutos en esa postura, se levanta y va al baño donde se lava la cara con agua fria. Vuelve a acostarse.

      Cuando el hombre la golpeó la primera vez, permaneció silenciosa. En lugar de levantarse de la silla o correr hacia la salida, esperó sentada. La segunda vez, la tercera y la cuarta creyó que era la última. Después de la quinta, pensó que nunca iba a parar de golpearla. Con la sexta no pensó en nada. Después de la séptima, el hombre se sentó frente a ella y la miró.

      —¡Puta ! Puedo matarte y nadie se enteraría.

      Tenía un rostro corriente. Moreno, de mediana estatura y con labios delgados. Llevaba una camisa blanca y un pantalón azul sostenido por un cinturón con hebilla. Si le hubiera encontrado en la calle, le hubiera tomado por un empleado de alguna oficina.

      —¡Dime de una puñetera vez donde está ese maricón!
      El hombre que habia escrito el libro —ese maricón como le llamaba— solo había aparecido una vez por la editorial.
      —No sé nada. He copiado en el ordenador el manuscrito.
      —Esto estaba en uno de tus cajones. Es su escritura y una dedicatoria a tu nombre .
      —No sé nada —dijo cerrando los ojos.

      El hombre dio un puñetazo en la mesa y ella se puso una mano sobre la mejilla como si la hubieran vuelto a golpear.

      ¿Cómo olvidar la mirada del hombre? Ella permaneció callada. Estaba temblando.

      Segunda bofetada

      Es el segundo día y llega pronto a la oficina. A media mañana entra su jefe en el despacho que ocupa y se cruzan las miradas.

      —¿Qué tiene en el rostro?

      Ella sacude la cabeza sin responder.

      —Puede irse a su casa si quiere.

      Ella niega con la cabeza. Su jefe enciende un cigarrillo y, sacando la cabeza por la ventana, lo aspira para después echar el humo.

      —Iré yo al Departamento de Censura.
      —Es mi trabajo —dice rehusando el ofrecimiento.
      —¡Mire como tiene la cara!
      —Es mi trabajo —repite mientras intenta sonreir, pero un dolor agudo hace que baje la cabeza.

      Fuera, el viento silba. No se dirige a la parada del autobús, siempre le ha gustado —después de un día sentada— andar sin prisa y pensando.
      El hombre que la pegó era zurdo, sin embargo utilizó la mano derecha cuando tiró las hojas sobre la mesa. Es probable que su mano izquierda, la ligada a las emociones, pasase maquinalmente a la acción.
      Camina sintiendo su mejilla hinchada. Camina mascando un chicle mentolado por el lado izquierdo de su boca. Camina temiendo otra bofetada en el aire con esa mano banal, no particularmente grande ni fuerte.
      Llega a su casa con la respiración contenida.

      Tercera bofetada

      Desciende del autobús frente al edificio donde está el Departamento de Censura. Como los dias anteriores, una bufanda cubre su rostro hasta los ojos. Hoy su mejilla presenta una mancha violeta del tamaño de la palma de una mano.
      Un policia la para en la puerta.

      —¡Abra su bolso!

      Debe exponer una parte íntima de sí misma, un fragmento de conciencia se desprende de ella como un trozo de papel que se pliega facilmente. Pone el contenido de su bolso encima de la mesa: un pañuelo, chicles mentolados, su Documento Nacional de Identidad, su monedero, sus llaves y un saquito de plástico que contiene protecciones femeninas. Levanta los ojos y mira al policia.

      —¿Donde va?
      —Al Departamento de Censura. Trabajo en una editorial.

      Todo se desarrolla como tres días antes en la sala de interrogatorio de la comisaría; como cuatro años antes, un día de abril, en la cafetería de la Facultad.
      Ese dia, tomaba un café cuando la puerta se abrió con gran estrépito y entraron corriendo unos veinte estudiantes perseguidos por policías vestidos de civiles y armados. Gritaban. Lo vio todo. Con la taza en la mano se fijó en un policía que estaba especialmente excitado. Se paró delante de un joven y, sin mediar palabra, le asestó un golpe con la culata de una pistola. Vio la sangre deslizarse de la frente del estudiante y dejó caer la taza. Al curvarse para recogerla, encontró una octavilla en el suelo.Una impresión en grandes caracteres decía : « Abajo el dictador ». Al mismo tiempo, una mano la cogió por el pelo, le arrancó la octavilla de la mano y la levantó de su silla.

      En el Departamento de Censura hay una fotografia del dictador presidiéndolo. Mientras espera a ser recibida se entretiene arrancando pielecitas alrededor de sus uñas. No tiene que esperar mucho, oye el nombre de su editorial y entra en un despacho. Tiende el recibo y reclama el manuscrito que se habia depositado allí hacía dos semanas.

      —Espere.

      El hombre que estaba dentro entra a otro lugar por una puerta que está frente a ella. Sabe que los censores trabajan detrás de esa puerta e imagina a militares de edad madura delante de una pila de libros abiertos. Después piensa que todo es fruto de su imaginación.
      El hombre que ha salido con la indiferencia que denota la rutina, vuelve un cuarto de hora más tarde.

      —Firme aquí.

      Y le tiende un cuaderno. El manuscrito está a su lado. Ella firma y toma el volumen. No hay nada más que decir, cada uno hace su trabajo.
      Sale al pasillo y lo abre. La primera impresión es que las páginas han sido quemadas.
      Normalmente, en otras obras, había tachones con tinta negra que borraban frases. Esta vez fue diferente. Sobre las diez primeras páginas más de la mitad de ellas están tachadas. Sobre las treinta siguientes, la mayoría lo son. La tinta ha embebido el papel a partir de la cincuenta y las hojas se han hinchado.
      Mete el volumen, que parece un trozo de carbón, en su bolso y sale del edificio. Camina sin pararse y, dando la espalda a la estatua de un general, se dirige a la empresa.
      No se ha puesto la bufanda y le duele la mejilla.

      Cuarta bofetada

      Otra bofetada siguió a la tercera. Ella esperó que el hombre parase de golpearla. No, ella no esperaba nada. Encajaba los golpes como podía. Era todo.

      Una vez en el trabajo, se dirige al despacho del director y le deja el manuscrito. Sus manos tiemblan como si hubiese sido ella la que lo ha transformado.
      El parece sorprendido y examina el texto. Pasa las páginas una por una y comprende que es impublicable. Luego, ella va al lavabo situado al final del pasillo y abre los grifos para limpiarse las manos con agua fría. Después, cepilla su pelo y lo anuda en una coleta con un elástico. No comprende por qué llora ahora y no cuando recibió las bofetadas.
      Es sábado, el trabajo acabará a las quince horas. Tranquila, entrará en su casa, preparará algo de comer y dormirá una siesta.

      Quinta bofetada

      Este domingo quería despertarse tarde, pero se levanta a las siete como de costumbre. Se sienta en la cocina y toma el desayuno. Pone una lavadora con calcetines, toallas de colores claros y una camisa blanca. Lava a mano las bragas y una rebeca gris. Decide dejar los vaqueros negros en el cesto de la ropa sucia para lavarlos cuando tenga más ropa de color.
      El ruido regular de la lavadora la adormece, vuelve a la cama y sueña.
      Está en el primer año de su facultad y muchos compañeros se juegan la vida. Una ventana de la biblioteca central se rompe, una banderola se desenrrolla y cubre parte de la fachada. « Abajo el asesino », se lee.Un joven permanece en la ventana sujetándola mientras veinte o treinta se reúnen en la entrada y cantan.
      La represión no les deja terminar su canción. Todos son asesinados y sus cuerpos son echados a un camión que aparece poco después. Dos militares los cogen por los brazos y las piernas y los tiran como reses muertas. Uno tras otro. Todos. El joven de la ventana recibe una bala en la frente y la banderola cae.
      Se despierta de la pesadilla con un sudor frío y deseos de sobrevivir. Tiene miedo.

      Sexta bofetada

      Es lunes y la puerta de su despacho se abre. Un compañero entra llevando una caja de libros. Su gafas se bajan hasta la punta de la nariz.

      —¿Alguien puede subirme las gafas?

      Ella lo hace y él deja la caja encima de la mesa. Con ayuda de un cutter la abre y extrae un ejemplar. Es el libro censurado.

      —Es un buen libro —dice el director, para añadir—. Es un muy buen libro. Podeis iros.
      —¿Qué haremos con ellos?
      —Todo esta preparado, no preocuparos.

      Se levanta y parece nerviooso. Es incapaz de introducir el brazo derecho en la manga del abrigo. Ella se apresura para ayudarlo.

      —Gracias.

      Ella observa unos ojos dulces y un cuello y un rostro surcados por arrugas. Se pregunta como un hombre que parece tan frágil puede haber impreso un libro que la censura ha prohibido. Desconoce quien recibirá cada uno de los ejemplares. Todos salen de su despacho.

      Sola, se sienta y hojea un ejemplar. La herida de la mejilla no le duele. Es una obra de ciencias humanas sobre las masas populares. El autor basa su discurso en ejemplos de la historia moderna y contemporánea. Lee una página elegida al azar :

      « ...El elemento definitivo que decide la moral de las masas populares no es conocido aún. Lo que es interesante es el flujo ético especifico creado independientemente del nivel moral de los individuos que forman la masa. Ciertas masas populares roban, violan y matan; otras adquieren un altruismo y una valentía que no tienen individualmente. No es que los individuos de la segunda categoria sean particularmente buenos, pero la bondad inherente al hombre se expresa gracias a la fuerza de una masa. Tampoco los individuos de la primera categoria son particularmente malos, pero la maldad inherente al hombre se optimiza a través de la fuerza de una masa... »

      Cierra el libro y espera que sea de noche.

      Desde que este gobierno fue elegido libremente por el pueblo dos años antes, no confía en ninguna expresión del rostro, ni en ninguna verdad absoluta, ni en ningun discurso. Sabe que vivirá en medio de dudas y de frías interrogaciones.

      Sale a la calle y se aproximan dos soldados con las armas apuntándola.

      —¿De donde viene?
      —De mi trabajo —responde con aire inocente aunque su labio superior tiemble.

      Se aleja dando la espalda a la plaza como le han ordenado. En la avenida principal, que debe atravesar, hay restos de sangre y panfletos por el suelo. Recuerda que estaba convocada una manifestación. Acelera el paso mordiéndose el labio inferior y cerrando los ojos para no ver el paisaje. Cuando llega a su casa, llora.

      Séptima bofetada

      Entra en el salón y deja el abrigo sobre una silla. Se sienta y enciende la televisión y un cigarrillo. En la pantalla, ve los restos de una camión que llevaba soldados y contempla un paisaje de vidrios rotos y destrozos en la calle. Hablan de un atentado terrorista con diez soldados y dos civiles muertos. La cámara se pasea por la sangre del suelo. Luego,un hombre habla del nuevo campus universitario que se creará. Muestran también el descenso del paro en el país y el aumento del número de hospitales. El final de las noticias es el tiempo que hará en los próximos días. Con los anuncios siente nuevamente las siete bofetadas.


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 Asunto: Re: Don Fernando
NotaPublicado: 25 Jun 2017 04:06 
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Muchas gracias, Milagros. Parece que fue ayer y... ya se ve cómo pasan los años. Te agradezco la felicitación, los elogios —que son exagerados— y ese magnífico relato que a los de mi edad recuerda al franquismo y a los más jóvenes seguramente a cualquier otra dictadura, chavista, castrista o del color que sea. Está muy bien escrito. Un privilegio contar con todos vosotros, querida amiga.

Besos.

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 Asunto: Re: Don Fernando
NotaPublicado: 30 Jun 2017 01:04 
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Por si quieres bucear en el pasado, doña Milagros.

Besos.

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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com